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¿Contra qué luchamos? ¿Aceptamos la predeterminación de lo que nos ocurre?

Por Clr Silvia V Rolandi

Estamos atravesando tiempos difíciles. Nuevamente la guerra, guerra que está en completa relación con intereses económicos que ponen en juego la vida de muchos seres humanos y se llevan la de tantos…, afectando, además, la calidad de vida de todos.

En medio de este contexto me interpelo y pienso en la cotidianidad. Es común encontrarnos con alguien y preguntarle ¿Cómo estás?  y que la respuesta sea… luchando… 

¿Acaso es que tenemos naturalizado que la vida es una lucha y que debemos esforzarnos y “tirar del carro”?

No podemos bajarnos del carro y cambiar la actitud por otra en la que no esté el combate?

La vida nos va marcando, y hoy más que nunca, lo inexorable, nos va mostrando que lo único que está delante de nosotros, todo el tiempo, es el cambio.

 ¿No sería más sabio tomar una actitud de acción y no de reacción?, pero en positivo,  sin que medie lucha alguna.

La  naturaleza vive en armonía, y la vida se va abriendo paso, fluye. Los seres humanos tenemos la fantasía que podemos manejar todo. Es justamente en ese “manejo” donde la vida pierde la naturalidad de fluir.

Otras tantas  veces somos incongruentes, y nos manejamos entre el poderlo todo y no hacernos cargo de nada porque “el destino está marcado”..

Dentro de ese fantasear y  muchas veces como consecuencia de la “inmadurez”, hemos caído en la tentación de adjudicarle  al destino nuestros fracasos. Nada más sencillo que responsabilizar a la fatalidad de lo que nos sucede. Es una fórmula mágica que todo lo explica y justifica.

Escuchamos muchas veces decir, “si el destino lo quiere nos volveremos a ver”. El problema es que, si aceptamos que existe un destino fijado,  todo carecería de sentido, y nos libraríamos de nuestra responsabilidad.  El destino sería el antónimo del libre albedrío.

 Utilizamos tanto las palabras destino como predestinación  y a través de ellas podemos explicar y darle sentido, al menos en apariencia, a situaciones difíciles que se nos plantean en la vida. Así, las adversidades pasarían a ser inevitables, producto de un castigo por nuestras acciones o una prueba que, si se pasa, luego será recompensado.

También solemos asociar los éxitos con un fuerte componente de suerte, que permite depositar la responsabilidad por lo que nos ocurre en fuerzas ajenas a nosotros mismos. Evitamos asi cierto sentimiento de culpa y hacer menos esfuerzo para llegar donde queremos.  

El  destino es también un  punto de llegada, el lugar hacia donde nos dirigimos o el término de un trayecto. Y nos pasa que olvidamos disfrutar del trayecto, de lo que estamos viviendo en nuestro presente. Si somos  partícipes activos de lo que nos  sucede, de los pasos que vamos realizando en el  trayecto, podemos cambiar nuestro destino. Sin luchar contra nada ni nadie.

 Si aceptáramos que existe la predestinación o un camino escrito por una fuerza superior, estaríamos renunciando al control de nuestra propia vida, y nos podríamos  dar un giro a lo que nos ocurre.

Con  el conocimiento de nuestras fortalezas y debilidad, responsabilizándonos de los propios actos, dando una respuesta nueva y creativa a sucesos que se repiten, más allá de saber que hay factores que escapan al control individual, seguramente vamos a poder corregir al rumbo y tomar esa acción que nos convoque a la travesía de forma más fluida y con mayor liviandad.

Quizás el secreto sea  estar despierto e ir plantando  la semilla de nuestros deseos con amor y coraje

silviavrolandi@gmail.com

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